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Saluda del Arzobispo D.  Mario Iceta Gavicagogeascoa. Arzobispo de Burgos

Saluda del Arzobispo D. Mario Iceta Gavicagogeascoa. Arzobispo de Burgos

Decir Semana Santa es evocar de inmediato un mundo de vivencias profundas de fe y amor, asociadas a las procesiones de la Borriquilla y del Santo Entierro, al Descendimiento a la entrada de la catedral, a las imágenes del Santo Cristo de Burgos y de su Santísima Madre, la Virgen de la Soledad, al Viacrucis por la ladera del Castillo, a las Siete palabras de la parroquia de san Lesmes, a la Virgen de la Alegría y a todas las cofradías burgalesas que con fervor y pasión llevan a nuestras calles los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor. El entusiasmo de los miembros de nuestras cofradías convierte las calles y plazas de Burgos en un gran templo y nos posibilitan vivir momentos de especial intensidad de fe y emoción.

Por eso, la Semana Santa popular es una bendición de Dios, que hemos de agradecer, custodiar, impulsar y trasmitir a las nuevas generaciones como instrumento formidable para manifestar la fe, fomentarla y, tal vez, descubrirla. Santa Teresa de Jesús –que hace más de cuatrocientos años pisaba nuestras calles– dejó de ser una monja tibia para convertirse en una gran enamorada de Jesucristo dispuesta a lo que Él le pidiera, tras contemplar la imagen de un «Cristo muy llagado», según sus mismas palabras.

Pero la Semana Santa de procesiones, pasos e imágenes sería únicamente un acto cultural y estético si no tuviera una fuente de donde brota y una meta que le da pleno y profundo sentido. Afortunadamente lo tiene. Es la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. En esa fuente bebieron nuestros grandes imagineros y orfebres cuando trataron de captar y plasmar unos contenidos que se ocultaban a los ojos profanos. Por eso, una mirada profunda y verdadera a sus geniales creaciones nos remite, de una forma u otra, a Jesucristo vivo, desde su entrada triunfal en Jerusalén, al juicio, crucifixión y muerte, y su gloriosa resurrección en la mañana de Pascua.

Jesucristo hace posible que las imágenes de Semana Santa no sólo pasen delante de nosotros, sino que entren en nosotros y penetren hasta los rincones más recónditos de nuestro corazón, transformándonos de espectadores en personajes que se sienten interpelados profundamente por el amor del Señor. Porque Jesús puede decirnos y ¡cuántas veces nos dice!: «esto lo hice por ti». Lo hice para curarte y levantarte de tu postración, para iluminar y fortalecer tu camino, para abrirte las puertas del cielo, para hacerte hijo de Dios y hermano de todos, para que pudieras dar sentido a tu vida, para que la muerte no fuera tu morada definitiva, sino que la palabra definitiva fuera la vida eterna. Por eso, al contemplar estas imágenes, cada uno puede hacerse destinatario y protagonista de aquella genialidad de san Pablo: «me amó y se entregó por mí» (Gálatas 2, 20).

Con todo, la Semana Santa de las imágenes, pasos y procesiones es una parte, y no la fundamental, de la gran Semana Santa. Lo esencial, aunque sea mucho menos intuitivo, son las celebraciones litúrgicas, que constituyen su centro y cumbre. Sin ellas nos quedaríamos en el recuerdo de los acontecimientos dolorosos y gloriosos, es decir, en una fotografía en color de pasión y gloria. Las celebraciones litúrgicas nos sitúan en otro plano mucho más elevado y, a la vez, profundo: el misterio de la misma realidad. No sólo recordamos, sino que hacemos presentes los grandes misterios de nuestra fe y de nuestra redención.

Además, las celebraciones litúrgicas nos ayudan a no detener la Semana Santa en el Cristo del Viernes Santo sino llevarla hasta el Cristo de la mañana de Resurrección. Así descubrimos que no somos discípulos de un aparentemente vencido, sino de un vencedor del pecado y de la muerte. Que no seguimos simplemente a un personaje que vivió y nos dio un ejemplo maravilloso pero que ha desparecido de la historia. Sino que caminamos como discípulos de una persona viva que ciertamente murió y fue sepultada, pero que al tercer día resucitó para nunca más volver a morir. Una persona que vive, que ha vencido a la muerte y quiere que nosotros participemos en su vida y amor.

Nace así un nuevo horizonte, un modo nuevo de vivir, de ver los acontecimientos y las personas, de enfrentar el dolor y los fracasos, en una palabra: de ser hombres y mujeres nuevos, llenos de esperanza y deseosos de comunicar su gozo y alegría a los demás, de construir una sociedad justa y fraterna.

Vivamos, pues, con intensidad y pasión tanto la Semana Santa que se desarrolla en nuestras calles y plazas como la que tiene lugar en cada iglesia cuando celebramos los grandes misterios de nuestra redención. Desde esta página web acerquémonos a conocer mejor la realidad de esta Semana Santa burgalesa, que nos envuelve en el misterio de un Dios que nos ama profundamente.

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.
✝️  Mario Iceta Gavicagogeascoa
Arzobispo de Burgos